Amaneció el último día, el séptimo (ver entradas anteriores). Sid se despertó inquieto, era el último día. Esperó, pero no pasaba nada. El trébol tenía que nacer antes de la puesta del sol. Esperó más.De repente, algo inesperado ocurrió. Comenzó a soplar el Viento, el Señor del Destino y de la Suerte. Azotaba suavemente los árboles y en seguida empezó a llover. Eran unas gotas de lluvia fina, pero no de agua, era una especie de semillas de oro con tonalidad verde. Como semillas de tréboles, pero no una ni dos, sino un montón. Y no sólo llovía en el Bosque, sino en todo el país. Es más, era algo que ocurría todos los años, y para muchos era un incordio, porque eran gotas que manchaban. Llovía por todas partes, y cada gota era un trébol en potencia. Pero no crecían en ninguna parte, excepto en los pequeños palmos de terreno de Sid. Él contemplaba extasiado.
Crear buena suerte es preparar circunstancias a la oportunidad. La oportunidad no es suerte o azar: siempre hay. Crear buena suerte consiste en crear circunstancias.
Apuntes tomados de la lectura del libro La bona sort, claus per a la prosperitat (Urano, Barcelona 2004) de Àlex Rovira Celma y Fernando Trías de Bes.
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