Se ha convertido ya en un lugar común acusar a la Iglesia de la responsabilidad de la extensión de la epidemia del sida en África por oponerse al reparto y uso del preservativo. No voy a entrar aquí en las razones que tiene la Iglesia para aconsejar esa oposición. Si me parece oportuno aclarar que aconsejar no es prohibir. Aún queriendo, que no quiere, sería en la práctica imposible que la Iglesia prohibiera el uso del preservativo. Por poner tres ejemplos citados por Michael Cook, un periodista australiano (www.mercatornet.com 2 de junio de 2005): en Suazilandia, donde el 42,6% de la población está infectada, los católicos son sólo el 5% de la población; en Botswana, con un 37% de la población adulta infectada, sólo el 4% de la población es católica; en Sudáfrica, con un 22% de la población infectada, los católicos son el 6%. Un contraejemplo curioso, en Uganda, donde el 43% son católicos, la proporción de población adulta infectada es el 6% (en 1990 estaba en el 20%). Luego veremos que la Iglesia en Uganda simplemente ha aconsejado y apoyado una iniciativa bastante acertada de su presidente, sin prohibir nada.En fin, parece que no es precisamente la postura de la Iglesia la causa del sida en África.
Me voy a centrar en una aproximación al problema del sida en África, en sus causas y en las soluciones que proponen los mismos africanos.
El 30 de enero de 2000, El País publicaba un artículo de John Carlin en el que se afirmaba que en 1999 murieron de sida en África subsahariana 2,2 millones de personas (el 85% de los muertos por esta causa en todo el mundo). Las causas del sida, para Carlin y para la mayoría de los analistas que han estudiado el tema, se suelen enfocar en tres: la pobreza, la lucha por la mejora del estatus social de las mujeres y la conducta sexual. En el artículo de El País, Carlin legaba a la conclusión de que el factor más determinante era el cambio de conducta sexual, ya que en África occidental se observa que e SIDA está sólo extendido en bolsas (en Senegal, por ejemplo, la infección se ha contenido a menos del 2% de la población, gracias a una actividad sexual más controlada), y además, países como Botswana, donde la tasa de infección es tan alta como en otros lugares, posee la renta per capita más elevada de África. Esta conclusión lleva a un plantear un problema incómodo, pero tan absolutamente obvio como alertar sobre el comportamiento sexual.
¿Por qué es incómodo?
Es incómodo porque se entrelaza con los otros dos problemas, la pobreza y el estatus de la mujer. Todo ello en una gran desorientación sobre la conducta sexual que no parece formar parte de la cultura intrínseca africana. Veamos por qué.
Vamos a partir de una campaña realizada en Uganda por el Population Services Internacional, con sede en Washington. El programa (que se llama “Go-Getters Clubs” en contraposición a “Go ahead”, invitación típica de los “suggar daddies”) trata de explicar a las chicas adolescentes que ceder a las proposiciones sexuales a cambio de regalos (un teléfono móvil, vestidos o cosméticos) no sólo es degradante sino también arriesgado. Según algunos expertos, gran parte de los contagios de sida entre las jóvenes es la actividad de los “suggar daddies”, hombres que ofrecen regalos o dinero a cambio de favores sexuales. Las chicas son las más afectadas en todo el África subsahariana. En Uganda, que es uno de los países menos infectados, todavía el 10,3% de las jóvenes de 15 a 25 años están infectadas, frente al 2,8% de los chicos entre esas edades, según datos de 2005. En Camerún, un grupo de activistas dedicados a promover la defensa de los valores sociales, la Cameroon Association for Social Marketing, organizó una campaña parecida, la “Cross Generation Sex” con el mismo objetivo, prevenir el sida entre las adolescentes, mediante la negación a las relaciones sexuales por intercambio de bienes.
No es un problema fácil de entender por un europeo. En 2005, David Brooks publicaba un artículo en “The New York Times” donde alertaba de la situación en África en este sentido. Allí escribe, después de un viaje a Mozambique, que allí la mayoría sabe cómo conseguir preservativos, pero de hecho son pocos los que lo usan. La raíz del problema está en gente bien situada: en mineros que mantienen relaciones sexuales con prostitutas y luego transmiten la infección a sus mujeres, maestros que venden sus títulos por sexo, viejos ricos que tienen relaciones sexuales con chicas de 14 años a cambio de teléfonos móviles.
Angelina Kakooza-Mwesige, pediatra del hospital Mulago, uno de los más grandes de Uganda, habla de adolescentes que empiezan a tener relaciones sexuales a cambio de poder comprar ciertas cosas o para sentirse aceptadas en actividades que les permitan formar parte de un grupo de amigos. Habla de padres que dan a sus hijas en matrimonio para conseguir una dote que les permita hacer frente a las necesidades familiares. Habla de mujeres solteras o viudas que pierden el empleo y se ven en la necesidad de intercambiar sexo por dinero para comprar ropa, alimentos, o el colegio de los niños. Además, señala que el 32% de la ugandeses viven en uniones polígamas sin capacidad, por la relación de dependencia, de decir “no” a un marido infiel.
En el caso de Sudáfrica, en el artículo de El País citado más arriba, John Carlin hace referencia a un estudio social del Instituto de Comunicación para la Salud y el Desarrollo en el que queda patente que la mayoría de las mujeres no pueden eludir la actividad sexual: “si una chica dice a su novio que no quiere mantener relaciones, el hombre la obliga, y afirma que no se trata de violación porque es mía”. El 15% de las chicas sudafricanas entre 15 y 19 años están infectadas. La dominación sexual del hombre es incomparable con la latina, y su desprecio por la vida mucho mayor, por lo que les trae sin cuidado infectarse o infectar.
Ante un panorama como este, la situación realmente es incómoda, pero: ¿es lo más conveniente repartir preservativos? ¿qué alternativas hay? Sin duda, y los números lo reflejan, el reparto de preservativos es muy poco eficaz, y en muchas ocasiones se inhibe de las verdaderas causas del problema, e incluso puede alentarlas en algunos casos.
El caso de Uganda
El caso de Uganda es paradigmático y muchos o atribuyen al empeño y valentía de su presidente, Yoweri Museveni, cuya franqueza en el debate sobre el sida y los comportamientos sexuales contribuyó a que la población captara la magnitud del problema. Optó por la vía de evitar el riesgo y no sólo reducirlo facilitando un cambio de comportamiento.
El mensaje de cambio de comportamiento fue muy claro y práctico: A (abstinencia), B (fidelidad) y, si no se vive lo anterior, C (condón). Para la Iglesia Católica, que apoyó la campaña, C indicaba “carácter”, formación del carácter. Recordamos que el porcentaje de católicos en Uganda es el 46%. El hecho es que la campaña ABC produjo un cambio de conducta: personas sexualmente activas decidieron ser fieles a una sola pareja y otras resolvieron retrasar el comienzo de relaciones sexuales. Según el informe “Uganda’s Demographic and Health Survey 2000-2004”, el 93% de los ugandeses cambió su comportamiento sexual para evitar el sida. Los resultados en términos de personas infectadas los indicamos al comienzo del artículo.
Obviamente hubo muchos aspectos importantes de la campaña que activaron de forma eficaz: educación preventiva en escuelas de primaria, difusión por parte de los líderes religiosos, actividades de prevención para personas afectadas… y la mejora de acceso a los antirretrovirales.
Para acabar
Sin duda hay que seguir trabajando y pensando. Aunque no ha dado para mucho y queden muchos aspectos por tratar, lo que pretendíamos era una aproximación al problema del sida en África y a sus soluciones. Después de escribir estas líneas nos hacemos una pregunta ¿qué hace la Iglesia Católica para combatir el sida? Un artículo extenso lo podemos encontrar en Aceprensa (aceprensa.com), a quien agradezco gran parte de la información que he reflejado en las líneas anteriores. Si encontramos tiempo, lo analizaremos…
Es incómodo porque se entrelaza con los otros dos problemas, la pobreza y el estatus de la mujer. Todo ello en una gran desorientación sobre la conducta sexual que no parece formar parte de la cultura intrínseca africana. Veamos por qué.
Vamos a partir de una campaña realizada en Uganda por el Population Services Internacional, con sede en Washington. El programa (que se llama “Go-Getters Clubs” en contraposición a “Go ahead”, invitación típica de los “suggar daddies”) trata de explicar a las chicas adolescentes que ceder a las proposiciones sexuales a cambio de regalos (un teléfono móvil, vestidos o cosméticos) no sólo es degradante sino también arriesgado. Según algunos expertos, gran parte de los contagios de sida entre las jóvenes es la actividad de los “suggar daddies”, hombres que ofrecen regalos o dinero a cambio de favores sexuales. Las chicas son las más afectadas en todo el África subsahariana. En Uganda, que es uno de los países menos infectados, todavía el 10,3% de las jóvenes de 15 a 25 años están infectadas, frente al 2,8% de los chicos entre esas edades, según datos de 2005. En Camerún, un grupo de activistas dedicados a promover la defensa de los valores sociales, la Cameroon Association for Social Marketing, organizó una campaña parecida, la “Cross Generation Sex” con el mismo objetivo, prevenir el sida entre las adolescentes, mediante la negación a las relaciones sexuales por intercambio de bienes.
No es un problema fácil de entender por un europeo. En 2005, David Brooks publicaba un artículo en “The New York Times” donde alertaba de la situación en África en este sentido. Allí escribe, después de un viaje a Mozambique, que allí la mayoría sabe cómo conseguir preservativos, pero de hecho son pocos los que lo usan. La raíz del problema está en gente bien situada: en mineros que mantienen relaciones sexuales con prostitutas y luego transmiten la infección a sus mujeres, maestros que venden sus títulos por sexo, viejos ricos que tienen relaciones sexuales con chicas de 14 años a cambio de teléfonos móviles.
Angelina Kakooza-Mwesige, pediatra del hospital Mulago, uno de los más grandes de Uganda, habla de adolescentes que empiezan a tener relaciones sexuales a cambio de poder comprar ciertas cosas o para sentirse aceptadas en actividades que les permitan formar parte de un grupo de amigos. Habla de padres que dan a sus hijas en matrimonio para conseguir una dote que les permita hacer frente a las necesidades familiares. Habla de mujeres solteras o viudas que pierden el empleo y se ven en la necesidad de intercambiar sexo por dinero para comprar ropa, alimentos, o el colegio de los niños. Además, señala que el 32% de la ugandeses viven en uniones polígamas sin capacidad, por la relación de dependencia, de decir “no” a un marido infiel.
En el caso de Sudáfrica, en el artículo de El País citado más arriba, John Carlin hace referencia a un estudio social del Instituto de Comunicación para la Salud y el Desarrollo en el que queda patente que la mayoría de las mujeres no pueden eludir la actividad sexual: “si una chica dice a su novio que no quiere mantener relaciones, el hombre la obliga, y afirma que no se trata de violación porque es mía”. El 15% de las chicas sudafricanas entre 15 y 19 años están infectadas. La dominación sexual del hombre es incomparable con la latina, y su desprecio por la vida mucho mayor, por lo que les trae sin cuidado infectarse o infectar.
Ante un panorama como este, la situación realmente es incómoda, pero: ¿es lo más conveniente repartir preservativos? ¿qué alternativas hay? Sin duda, y los números lo reflejan, el reparto de preservativos es muy poco eficaz, y en muchas ocasiones se inhibe de las verdaderas causas del problema, e incluso puede alentarlas en algunos casos.
El caso de Uganda
El caso de Uganda es paradigmático y muchos o atribuyen al empeño y valentía de su presidente, Yoweri Museveni, cuya franqueza en el debate sobre el sida y los comportamientos sexuales contribuyó a que la población captara la magnitud del problema. Optó por la vía de evitar el riesgo y no sólo reducirlo facilitando un cambio de comportamiento.
El mensaje de cambio de comportamiento fue muy claro y práctico: A (abstinencia), B (fidelidad) y, si no se vive lo anterior, C (condón). Para la Iglesia Católica, que apoyó la campaña, C indicaba “carácter”, formación del carácter. Recordamos que el porcentaje de católicos en Uganda es el 46%. El hecho es que la campaña ABC produjo un cambio de conducta: personas sexualmente activas decidieron ser fieles a una sola pareja y otras resolvieron retrasar el comienzo de relaciones sexuales. Según el informe “Uganda’s Demographic and Health Survey 2000-2004”, el 93% de los ugandeses cambió su comportamiento sexual para evitar el sida. Los resultados en términos de personas infectadas los indicamos al comienzo del artículo.
Obviamente hubo muchos aspectos importantes de la campaña que activaron de forma eficaz: educación preventiva en escuelas de primaria, difusión por parte de los líderes religiosos, actividades de prevención para personas afectadas… y la mejora de acceso a los antirretrovirales.
Para acabar
Sin duda hay que seguir trabajando y pensando. Aunque no ha dado para mucho y queden muchos aspectos por tratar, lo que pretendíamos era una aproximación al problema del sida en África y a sus soluciones. Después de escribir estas líneas nos hacemos una pregunta ¿qué hace la Iglesia Católica para combatir el sida? Un artículo extenso lo podemos encontrar en Aceprensa (aceprensa.com), a quien agradezco gran parte de la información que he reflejado en las líneas anteriores. Si encontramos tiempo, lo analizaremos…
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